La resiliencia educativa

La transformación educativa transciende los umbrales de las aulas y promueve valores humanos en las comunidades.

por Sara Caputo

Voy a tomar como base de esta nota las dos reflexiones anteriores en este blog, posteadas por Javier Casas Rúa y Juan Hitzig.

Javier nos invita a despertar en este tiempo a ese sujeto creador presente en cada persona, a activar esa capacidad innata del ser humano para trascender las formas vigentes, para moverse haciendo posible lo que parecía imposible, lo que implica aceptar a la vez con madurez de lo que no es posible, lo que ya no es ni será.  

Desde mi ser subjetivo creativo, me conecto a la vez con Juan que nos invita a reconocer lo extraordinario de este acontecimiento que nos toca vivir como especie.

A diferencia de ellos, escribo desde Villa La Angostura, Neuquén, donde la vivencia de la cuarentena es diferente a la de las grandes ciudades. Por un lado, porque es un pueblo pequeño lo que nos da la oportunidad de fortalecer lazos de solidaridad y resiliencia en la comunidad. Por otro lado, porque a pesar de que se siente el impacto  económico negativo en el sector turístico, no está circulando el virus y prácticamente no hemos tenido casos. Estos dos elementos nos dan un enorme margen para incursionar en formas nuevas, creativas y conscientes de nuestra responsabilidad en el momento actual.

En educación, por ejemplo, que es el ámbito donde me muevo, el cierre de las escuelas desmoronó formas viejas, modos que estaban caducos y obsoletos. Nos costó desapegarnos, pero lo dejamos ir, porque reconocimos allí aquello que no nos animábamos a cambiar o creíamos que no teníamos los recursos suficientes para hacerlo. Hoy nos preguntamos ¿Qué haremos con esto? ¿Cuántas personas esperan la vuelta a clase para reconstituir viejas formas? ¿Cuántas se animan a lo nuevo? ¿Cuántas exploran las posibilidades de lo aparentemente imposible hasta hace poco?

Tomemos el caso de Blanca, profesora de matemática de cuarto y quinto año del secundario, a quién le faltan dos años para jubilarse. Antes de la cuarentena, la podíamos representar como alguien dedicada a su trabajo, responsable y exigente. Muchas veces recibe críticas porque se impacienta en clase, especialmente cuando sus estudiantes están dispersos y no prestan la atención que ella requiere para que entiendan algo que es complejo. Está entre los y las docentes que piensan que es imposible (y hasta lo considera un esfuerzo inútil) incorporar tecnología digital a sus clases, por más que tenga un televisor en el aula con conexión a computadora, una plataforma Moodle en la escuela, un canal de YouTube, entre otras facilidades.

Cuando sobrevino la cuarentena lo que primó en Blanca fue su vocación docente. Se olvidó de todos sus argumentos y primó en ella la necesidad de llegar a sus estudiantes. Con esa motivación se dispuso a aprender todo lo necesario para garantizar la continuidad pedagógica. Participó silenciosamente de todas las reuniones semanales de docentes, se reunió con el director, con la asesora pedagógica y con sus colegas. Intentó distintas estrategias para no perder a ningún estudiante en esta aventura. Probó, se dejó ayudar, aprendió, se puso al servicio del proceso, evolucionó y logró crear un vínculo diferente con sus estudiantes. Hoy la vemos entusiasmada, con una nueva vitalidad y feliz de tener un canal personalizado, flexible de comunicación donde puede dejar asentadas sus explicaciones, donde puede responder preguntas puntuales, donde puede abrir canales para que se profundicen algunos temas según las necesidades de cada cual.

Hay muchas Blancas, a las que se suman directivos y docentes que tomaron esta oportunidad con espíritu creativo, quienes están contribuyendo de la mejor manera a propuestas innovadoras que den respuesta a las necesidades de niños, niñas, jóvenes, familias y comunidad a partir de la educación.  Hay también quienes tratan de preservar un statu quo obsoleto, a quienes prefiero no describir en esta nota.

Este tipo de docentes y estudiantes que han dado espacio a su sujeto creador están construyendo un fenómeno que pertenece a una dimensión que parecía imposible: ambos son protagonistas, crean un vínculo en torno a la construcción de conocimiento, comparten un propósito de aprendizaje, forman parte de una comunidad que cuida y se cuida con otras familias, se encuentran virtualmente y sienten la cercanía más allá de la tarea. Están generando una realidad a la que aspiraban, pero no podía concretarse con la viejas formas presenciales: han hecho posible lo imposible.

¿Cómo sostener esta tensión creativa? ¿Cómo contrarrestar las fuerzas que presionan para volver a un statu quo que clamaba por un cambio?

Comparto con Juan que es necesario mantener vivas estas preguntas vitales que entretejen lo personal y lo sistémico: ¿Cómo quiero ser y cómo aspiro a que cambie el paradigma social de mi entorno? ¿Cómo puedo transformarme en un agente de cambio social desde mi propio desarrollo personal?

Juan nos da unas pistas en el área del cuidado de la salud y de nuestro ambiente.

En el área educativa la pandemia ha abierto la puerta a aires renovados, principalmente en tres dimensiones:

  • El rol de la autoridad. La escuela como institución ha mantenido tradicionalmente una estructura jerárquica vertical, rígida y, en muchos casos, autoritaria. El cierre de la escuela sorprendió a varios directivos buscando aliados fuera de los circuitos formales. La toma de decisiones frente a la incertidumbre se fortaleció al respaldarse en docentes que trabajaban desde la cercanía con familias y estudiantes. Las autoridades formales se dispusieron a salir de sus escritorios para poner su rol al servicio de las necesidades acuciantes de la comunidad ¿Habrá espacio para pensar una reconfiguración de las estructuras autoritarias? ¿Se ampliará el margen de autonomía al interior de las escuelas? ¿Cuánto lugar quedará para ejercer un liderazgo transformador con espíritu de aprendizaje y un propósito compartido? 
  • El interés de estudiantes. Hace tiempo que se habla del “aula invertida” donde el lugar del docente es de facilitador/a o del “aprendizaje basado en proyectos” donde el foco está puesto en aquello que interesa a quien quiere estudiar en cada nivel escolar ¿Habremos perdido el miedo a habilitar un protagonismo estudiantil? ¿Será la participación juvenil en la resolución de sus problemas un eje principal en las actividades escolares? ¿Estaremos en condiciones de acompañar este proceso como adultos responsables capitalizando los saberes que portan los niños, niñas y jóvenes?
  • Espacios amplios y abiertos, conceptual y ediliciamente. La escuela es el lugar elegido en casi todas las sociedades para acompañar la maduración psicosocial de los menores hasta su mayoría de edad. Para ello se requiere construir ambientes propicios para el encuentro con la otredad, con la diversidad –distinta a la de mi núcleo familiar-, que permita ejercitar valores de respeto, aceptación e integración de lo diferente, que dé lugar a lo lúdico y a lo festivo, que favorezca la construcción de un saber encarnado en la vida y una formación en valores escogidos en libertad y no impuestos, que promueva la expresión de las emociones y canalice los conflictos en forma armoniosa, en fin un lugar de crecimiento y de aprendizaje donde prevalezca el amor, el respeto, la alegría y la solidaridad entre otros valores que nos caracterizan como especie humana, al decir de Juan ¿Seremos capaces de combinar todo esto con nuestra labor primordial como escuela y como docentes?

Hay otros temas que nos cuestionamos en estos días desde la realidad educativa que no pertenecen estrictamente al ámbito escolar, sino que competen a toda la sociedad: la equidad y la inclusión como características intrínsecas de todo lo que hacemos.

El cierre de escuelas por la pandemia ha puesto en evidencia la cruda realidad de la desigualdad social, la inequidad de un acceso restringido a la calidad educativa y la exclusión de miles de niños, niñas y adolescentes de las oportunidades que habilita el permanecer en la escuela hasta la mayoría de edad. Se dice que más de la mitad de nuestros jóvenes no tienen acceso a los medios tecnológicos básicos para seguir las clases virtuales. A esto se suma la evidencia de que la educación no es ni puede ser el medio para promover socialmente a las familias que constituyen el núcleo duro de la pobreza, aquellas que suman varias generaciones marginadas no solo de una educación de calidad sino simultáneamente de un empleo estable y protegido, de una vivienda digna, de una vida razonablemente saludable, de una vejez tranquila, entre otras carencias que son hoy condiciones de bienestar básicas.

Muchas personas, tanto en este pequeño pueblo como en otras ciudades de nuestro país y del mundo entero, apostamos a un cambio evolutivo trascendente en estos tiempos, fundado en el reconocimiento de nuestra dimensión espiritual y en la prevalencia de los valores de cooperación, de fraternidad, de unidad en la diversidad, de respeto a toda forma de vida y de conexión universal. Esperamos que puedan converger estas aspiraciones planetarias con lo posible hoy que da forma a lo que queremos vivir mañana. Aspiro a que no sigamos aceptando estos niveles de pobreza e indigencia, en nuestro país y en el mundo, y sea impostergable que alcancemos en los próximos diez años los niveles proyectados en los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

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